© Libro N° 13126. La Revolución Palestina. Walsh, Rodolfo. Emancipación.
Noviembre 2 de 2024
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La Revolución Palestina. Rodolfo Walsh
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Palestina. Rodolfo Walsh
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Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
LA REVOLUCIÓN PALESTINA
Rodolfo Walsh
La Revolución Palestina
Rodolfo
Walsh
Rodolfo Walsh
LA REVOLUCIÓN PALESTINA
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1
LA
REVOLUCIÓN PALESTINA *
Rodolfo
Walsh
Rodolfo
Walsh, enviado de Noticias, estaba en Beirut el 15 de mayo cuando un comando
palestino golpeó en Maalot. Caminó al día si-guiente entre las ruinas de las
aldeas libanesas bombardeadas por la aviación israelí. Entrevistó a los
principales dirigentes de la Resis-tencia Palestina; antes había pulsado el
sentimiento dominante en El Cairo, Damasco, Argel. En su opinión, los acuerdos
tramitados por Kissinger no sellarán la paz en Medio Oriente. La explicación
está en el pueblo palestino expulsado de su tierra y en la marea
re-volucionaria que sacude a ese pueblo. Esa Revolución es el tema de la serie
que empieza a publicar Noticias.
Tres
millones de palestinos despojados de su patria cuestio-nan todo arreglo de paz
en Medio Oriente
—¿Cómo te
llamás?
—Zaki.
—¿Qué
edad tenés?
—Siete.
—¿Vive tu
padre?
—Murió.
—¿Qué era
tu padre?
—Fedaí.
—¿Qué vas
a ser cuando seas grande?
—Fedaí.
______________________________________
*
Artículo publicado en el diario Noticias,junio de 1974)
El chico
rubio de cabeza rapada y uniforme a rayas que da estas respuestas en una
escuela de huérfanos al sur de Beirut, Líba-no, resume la mejor alternativa,
que tras 26 años de frustración resta a tres millones de palestinos despojados
de su patria: convertirse en fedayines, combatientes de la Revolución
Pales-tina.
“¿Palestinos?
No sé lo que es eso”, declaró en una oportunidad la ex primer ministro de
Israel, Golda Meir.
Se conoce
la eficacia ilusoria del argumento, utilizado en Arge-lia, Vietnam, colonias
portuguesas, para negar la existencia de sus movimientos de liberación.
“Muyaidín? Connait pas. Libéra-tion Front? Never heard of it. FRELIMO? Nao
conhece”.
El
enemigo no existe y todo está en orden. Cada una de estas negativas ha hecho
correr un río de sangre pero no ha detenido la historia.
Desde
hace un cuarto de siglo la política oficial del Estado de Israel consiste en
simular que los palestinos son jordanos, egip-cios, sirios o libaneses que se
han vuelto locos y dicen que son palestinos, pero además pretenden volver a las
tierras de las que se fueron voluntariamente en 1948, o que les fueron
qui-tadas no tan voluntariamente en las guerras de 1956 y 1967. Como no pueden,
se vuelcan al terrorismo.
Son en
definitiva terroristas árabes.
Es inútil
que en el Medio Oriente estos argumentos hayan sido desmantelados, reducidos a
su última inconsecuencia. Israel es Occidente y en Occidente la mentira circula
como verdad hasta el día en que se vuelve militarmente insostenible.
La hoja
1974 de esta historia no ha sido todavía doblada y ya tiene varios renglones
sangrientos: Keriat Shmonet, Kfair, Maa-lot, Nabatyé. Es difícil entenderla si
se ignoran las hojas 1967, 1948, 1917, y aún las anteriores, incluso las que se
salen de la historia y se hunden en la literatura religiosa.
En el
principio fue…
Primero
–dicen– fueron los caanitas y después fueron los hebreos. Faltaban mil años
para que naciera Cristo cuando Saúl fundó su reino, que después se partió en
dos. Hace casi 2700 años el reino de Israel fue abatido por los asirios. Hace
2560 años el reino de Judá fue liquidado por los babilonios, y en el año 70 de
nuestra era los romanos arrasaron Jerusalén.
Estos son
los precedentes históricos del Estado de Israel, sus títulos de propiedad sobre
Palestina.
El Sha de
Irán podría alegar títulos análogos fundado en la inva-sión persa del siglo VI
antes de Cristo, la Junta Militar griega podría recordar que Alejandro ocupó
Palestina el año 331, Pau-lo VI acordarse de que en el año 1099 los cruzados
católicos fundaron el reino de Jerusalén.
Los
propios historiadores árabes han señalado burlonamente que los caanitas que
ocuparon Palestina antes que los hebreos, venían de la península arábiga y
eran, en consecuencia, árabes.
Con la
destrucción de Jerusalén –dicen– empezó la diáspora judía, la dispersión. Desde
entonces, según la leyenda moderna, el judío anduvo errante por el mundo
esperando el momento de volver a Palestina.
¿Cuántos
volvieron realmente?
Historiadores
ingleses afirman que en el siglo XVI vivían en Pa-lestina menos de 4.000
judíos, en el siglo XVIII, 5.000, y a me-diados del siglo pasado, 10.000. Es
recién a fines de ese siglo cuando algunos judíos empiezan a plantearse el
retorno masi-vo, y cuando ese retorno asume una forma política y una
ideo-logía: el sionismo. ¿Por qué?
Un fruto
tardío del capitalismo
Una
respuesta posible a esa pregunta surgió del campo de con-centración nazi de
Auschwitz. La escribió en 1944, su último año de vida, un judío marxista de 26
años, Abraham León:
“El
sionismo, que pretende extraer su origen de un pasado dos veces milenario, es
en realidad el producto de la última fase del capitalismo.”
En esa
fase todos los nacionalismos europeos han construido sus estados y no necesitan
ya de la burguesía judía que ayudó a construirlos, pero que ahora es un
competidor molesto para el capitalismo nativo. Repentinamente surge en esos
países el chovinismo antisemita, y se convierten en extranjeros indesea-bles
judíos integrados durante siglos a la vida de los mismos, que, como dice León,
“tenían tan poco interés en volver a Pales-tina como el millonario
norteamericano de hoy.”
Las
persecuciones del siglo XIX afectan más a la clase media judía que a la clase
alta, cuyos representantes notorios iban a lograr una nueva integración a nivel
del capital financiero inter-nacional.
Aquellos
judíos europeos perseguidos que descubrieron en el capitalismo la verdadera
causa de sus males, se integraron en los movimientos revolucionarios de sus
países reales. El sionis-mo evidentemente no lo hizo y se configuró como
ideología de la pequeña burguesía, alentada sin embargo por aquellos ban-queros
que –como los Rotschild– veían venir la ola y querían que sus hermanos se
fueran lo más lejos posible.
A fines
del siglo pasado esa ideología encontró su profeta en un periodista de
Budapest, Teodoro Herzl, su programa en las re-soluciones del Congreso de
Basilea de 1897 y su herramienta en la Organización Mundial Sionista.
El
retorno a Palestina tropezaba sin embargo con el inconve-niente de que el país
estaba ocupado por una población 500.000 habitantes– que desde la conquista
islámica del siglo VII era árabe.
Los
fundadores del sionismo negaron el problema. En 1898 Herzl hizo un viaje a
Palestina y preparó un informe donde la palabra árabe no figuraba. Palestina
era una tierra sin pueblo donde debía ir el pueblo sin tierra.
El
palestino se convirtió en el hombre invisible del Medio Orien-te. Algunos
alcanzaron sin embargo a descubrirlo. El escritor francés Max Nordau vio un día
a Herzl y le dijo asombrado: “Pe-ro en Palestina hay árabes” y agregó “vamos a
cometer una injusticia.”
En medio
siglo el sionismo reemplazó la población árabe de palestina por inmigrantes
europeos
“Palestina
es mi país” dice Ihsan. “Nunca estuve en Palestina”, dice, “pero algún día
volveré porque nuestros comandos están peleando para que volvamos”.
“Mi padre
murió en Abar el Djelili”, dice Naifa. “La muerte de mi padre no me duele,
porque murió por nosotros.”
“Mi padre
se llamaba Salah”, dice Randa. “Estaba peleando y murió”.
Ninguno
de los 480 huérfanos de la escuela de Suq el Garb, al sur de Beirut, había
visto Palestina si no era a través de los ojos del padre muerto.
En el
aula las muchachas se levantaron para saludar al visitante que venía de tan
lejos. En el pizarrón había una inscripción en árabe. Pregunté qué decía.
Decía: Historia Palestina. La idea del Estado Judío surgió a fines del siglo
pasado, como el último proyecto de un estado europeo cuando ya no existía en
Europa lugar para un nuevo estado.
Ese
estado debía en consecuencia instalarse fuera de Europa y el lugar elegido
resultó Oriente.
La
contradicción fue resuelta a través de la ideología –el sio-nismo– y la
ideología se alimentó en el mito bíblico y en la si-mulación de que Palestina
estaba deshabitada. Históricamente, estas construcciones mentales producen
víctimas. En 1900 ha-bía en Palestina 500.000 árabes y 30.000 judíos. Si en
1974 hay tres millones de israelíes y 350.000 árabes, no hace falta
pre-guntarse dónde están las víctimas: están afuera de Palestina, expulsadas de
su patria.
Conviene
recordar –porque es la cuestión de fondo– cómo se produce ese trasvasamiento
sin precedentes en que la pobla-ción de un país es reemplazada por otra. Los
primeros inmi-grantes no provocaron la desconfianza de los árabes. En 1883 los
habitantes de Sarafand recibieron a los colonos que llega-ban con estas
palabras: “Desde tiempo inmemorial somos her-manos de nuestros vecinos, los
hijos de Israel, y viviremos con ellos como hermanos”.
Ocho años
después sin embargo los notables de Jerusalén pi-dieron al imperio otomano, que
gobernaba Palestina, que prohibiera la inmigración judía, y en 1898 los árabes
de Trans-jordania expulsaron violentamente una colonia judía.
A pesar
de las prohibiciones oficiales la inmigración continuó, aprovechando la
corrupción de funcionarios turcos y de terra-tenientes árabes ausentistas que
vendían sus tierras. En 1907 se estableció el primer kibutz, granja colectiva
que desde el principio excluyó al trabajador árabe.
Cuando en
1914 los turcos hicieron su primer y último censo, resultó que había en
Palestina 690.000 habitantes, de los que 60.000 eran judíos. Ese año la guerra
mundial dio al sionismo su gran oportunidad.
Inglaterra
regala Palestina
Foreign
Office, Noviembre 2, 1917.
Querido
Lord Rotschild: Tengo mucho placer en transmitirle, de parte del gobierno de Su
Majestad, la siguiente declaración de simpatía con las aspiraciones Judías
Sionistas, que ha sido so-metida al Gabinete y aprobada por él.
El
gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el estable-cimiento en Palestina
de un hogar nacional para el pueblo ju-dío, y usará sus mejores esfuerzos para
facilitar el cumplimien-to de ese objetivo, quedando claramente entendido que
nada se hará que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de
comunidades no-Judías existentes en Palestina, o los derechos y el status
político de que disfrutan los Judíos en cualquier otro país.
Le
agradeceré ponga esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.”
Este
trozo de papel, en apariencia inofensivo, es el fundamento moderno del Estado
de Israel. Se lo conoce como de declara-ción de Balfour, y lleva la firma del
canciller inglés.
Dos años
después Balfour aclaró lo que quería decir: “El sionis-mo, bueno o malo, es
mucho más trascendente que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que
ahora habitan esa anti-gua tierra… En Palestina no pensamos llenar siquiera la
forma-lidad de consultar los deseos de los actuales habitantes del país.
Dos años
antes de la Declaración, Gran Bretaña había prometi-do al Shariff Hussein, la
independencia de los países árabes, a cambio de su ayuda en la guerra contra
Turquía, aliada de Ale-mania. Y en efecto fueron soldados árabes los que
liquidaron el dominio otomano en Medio Oriente.
La
declaración Balfour se conoció después y, finalizada la gue-rra, sirvió de base
para la resolución de la Liga de las Naciones que convirtió a Palestina en
mandato británico. En la redacción de ese documento participó la Organización
Mundial Sionista. A partir de ese momento la inmigración creció
incontenible-mente, organizada por la Agencia Judía, que formaba parte de la
administración británica.
Cuando
los ingleses hicieron su primer censo en 1922 había en Palestina 760.000
habitantes, de los que algo más de 80.000 eran judíos: o sea el 11 %. Esa
proporción había subido en 1931 al 16 y en 1936 al 28 %. Ese año se produciría
la primera rebe-lión palestina contra los ingleses, que duró tres años y costó
millares de muertos.
Manual
del colonialismo
Todavía
en 1917 David Ben Gurion afirmó que “en un sentido histórico y moral” Palestina
era un país sin habitantes. Ben Gu-rion no ignoraba que el 90 % de los
habitantes eran árabes: decía simplemente que no existían como seres históricos
o mo-rales. Por la misma época, según relata Fanon, los profesores franceses de
la Universidad de Argel enseñaban seriamente que los argelinos eran más
parecidos a los monos que a los hom-bres.
Este tren
de pensamiento, llevado a sus conclusiones prácticas, puede encontrarse en el
propio fundador del sionismo, Teodo-ro Herzl. “La edificación del Estado
Judío”, escribió, “no puede hacerse por métodos arcaicos. Supongamos que
queremos ex-terminar los animales salvajes de una región. Es evidente que no
iremos con arco y flecha a seguir la pista de las fieras, como se hacía en el
siglo XV. Organizaremos una gran cacería colecti-va, bien preparada, y
mataremos las fieras lanzando entre ellas bombas de alto poder explosivo.”
Algunos
colonizadores admitían que los palestinos eran hom-bres, aunque más parecidos a
los pieles rojas. “¿Quién ha dicho –preguntaba en 1921 la Organización Sionista
de Gran Bretaña– que la colonización de un territorio subdesarrollado debe
hacerse con el consentimiento de sus habitantes? Si así fuera… un puñado de
pieles rojas reinarían en el espacio ilimitado de América.”
Un gheto
más grande
La
mentalidad colonial marcó profundamente el establecimien-to de la inmigración
judía en Palestina. Se formaron comunida-des cerradas, exclusivas, donde el
árabe era un intruso. La re-venta de tierras a los árabes se convirtió en
pecado que las or-ganizaciones terroristas judías castigaron sangrientamente.
Aun a nivel de la clase obrera se instala una perversión de la conciencia que
convierte al trabajador árabe primero en com-petidor del inmigrante, después en
enemigo, finalmente en víctima.
La
Histradut, central sindical judía, no admite en su seno, los boicotea, prohíbe
a las empresas judías que compren materia-les trabajados por los árabes. David
Hacohen, miembro de la Histradut y años después parlamentario israelí, ha
recordado las dificultades que tuvo para explicar a otros socialistas ingle-ses
que “en nuestro país uno adoctrina a las amas de casa para que no compren nada
a los árabes, se piquetean las plantacio-nes de citrus para que ningún árabe
pueda trabajar en ellas, se vuelca petróleo sobre los tomates árabes, se ataca
en el mer-cado a la mujer judía que ha comprado huevos a un árabe, y se los
rompe en la canasta”.
La
soberbia racial va moldeando esa sociedad en el más absolu-to aislamiento, como
si todos los ghettos del mundo se juntaran en un ghetto más grande, pero esta
vez deliberadamente encerrado en sí mismo.
Simón
Luvich, israelí exiliado en Londres, recuerda con asombro aquella época de su
infancia: “Para nosotros, los árabes eran una especie de exótica minoría
étnica, que a veces bajaba de las montañas con sus kufeyas… Nunca entendimos de
qué se trataba, porque no los veíamos.”
Galili,
ministro de Información de Israel, seguía sin verlos en 1969: “No consideramos
a los árabes del país un grupo étnico ni un pueblo con carácter nacional
definido.” Si es ceguera no ver lo que existe, a esa ceguera debe atribuirse la
sangre que ha corrido y seguirá corriendo en Palestina.
En 1947,
una resolución de las Naciones Unidas quitó a los palestinos el derecho a tener
una patria
El
israelí se jacta ante el mundo de ser el máximo representante en la historia de
la Diáspora… Pero quien posee en tal grado el sentimiento del destierro, llega
a ser completamente incapaz de comprender que otros puedan tener ese mismo
sentimien-to.
“No es
cruel que digamos que el comportamiento de los israe-líes sionistas con el
pueblo original de Palestina es similar a la persecución nazi contra los
propios judíos.” (Mahmud Darwis, poeta palestino).
El
mandato británico sobre Palestina después de la primera guerra mundial permitió
cumplir con la promesa, contenida en la declaración de Balfour de 1917, de
establecer un hogar na-cional judío en un territorio poblado por los árabes.
Para el sio-nismo el Mandato era una etapa intermedia, necesaria antes de
establecer una población propia en Palestina como base del Estado Judío,
objetivo permanente detrás de la fachada del hogar nacional.
Gran
Bretaña favoreció ese proyecto hasta que la inminencia de la segunda guerra
mundial le hizo ver que el riesgo de que los pueblos árabes se alinearan junto
a Alemania. Las falsas promesas de 1915 se renovaron en 1939. En mayo de ese
año el gobierno británico publicó un Libro Blanco donde reafirmaba que no tenía
el propósito de imponer la nacionalidad judía a los árabes palestinos, prometía
limitar a 75.000 el número de in-migrantes en los próximos cinco años y, a
partir de 1944, no admitir nueva inmigración sin el consentimiento explícito de
los árabes.
El Libro
Blanco fue un producto tardío e ineficaz del colonialis-mo ingles. En los
primeros 20 años de Mandato la proporción de habitantes judíos en Palestina
pasó del 10 al 30 %. Solamen-te en 1935 habían entrado más de 60.000 colonos:
en 1940 la población judía se acercaba al medio millón.
Aceitando
el fusil
Los jefes
de la Agencia Judía concibieron desde el principio la inmigración como una
colonización armada y construyeron una organización semiclandestina, el
Haganah, de la que en 1935 se separó un brote terrorista de ultraderecha, el
Irgun, cuyo lema era un mapa de Palestina y Transjordania atravesado por un
brazo armado y un fusil con el lema hebreo Rak Kach (Sólo así). Inicialmente
estas organizaciones se limitaron a asegurar me-diante el terror la vigencia
del boycot antiárabe, pero a partir de 1939 empezaron a prepararse para
combatir, también a los ingleses.
Curiosamente
uno de esos preparativos consistió en el ingreso masivo de judíos en el
ejército británico: al final de la segunda guerra su número llegaría a 27.000
hombres, que serían el núcleo del ejército judío para la confrontación final en
dos tiempos: contra los ingleses y contra los árabes.
El
empujón nazi
El
estallido de la guerra llevó a su paroxismo la persecución de los judíos en
Alemania y brindó un nuevo argumento para la inmigración en Palestina. Ben
Gurion resumió en estos térmi-nos el sentido y los límites de la alianza entre
el sionismo y Gran Bretaña: “Lucharemos junto a Gran Bretaña en esta gue-rra
como si el Libro Blanco no existiera, y lucharemos contra el Libro Blanco como
si no existiera la guerra.”
En la
práctica esto significó desconocer las cláusulas restrictivas del Libro Blanco
e intensificar la inmigración clandestina, aún desafiando el bloqueo inglés.
Buques cargados de inmigrantes europeos fugitivos del nazismo empezaron a
llegar a las playas palestinas.
Cuando en
1940 los ingleses pretendieron devolver el carga-mento de dos de esos barcos,
el buque Patria que debía trans-portarlos confinados a la isla Mauricio, saltó
en pedazos en el puerto de Haifa. Allí murieron 250 personas, en su mayoría
mu-jeres y niños. Aunque el sionismo alegó que los propios refu-giados volaron
el Patria, la opinión mundial se indignó ante la insensibilidad británica.
Recién 18
años después un miembro del Comité de Acción Sio-nista, Rosenblum, reveló que
el Patria había sido volado por la Haganah, sin consultar a las víctimas. “Con
nuestras propias manos asesinamos a nuestros hijos”, escribió Rosenblum.
Llegan
los americanos
En 1942
el centro de gravedad del sionismo se había desplaza-do de Gran Bretaña a los
Estados Unidos. El 11 de mayo de ese año la Organización Sionista Americana
publicó un manifiesto que luego fue conocido como el Programa de Baltimore.
Plan-teaba cuatro exigencias: el fin del Mandato, el reconocimiento de
Palestina como Estado soberano judío, la creación de un ejército judío, la
formación de un gobierno judío.
En
Jerusalén, la Agencia Judía adoptó el Programa de Baltimore como política
oficial del sionismo y se desligó del Mandato. Gran Bretaña había cumplido su
ciclo. Iba a librar aún acciones de retaguardia, condenadas de antemano, pero
dejaría en Me-dio Oriente –como en la India, como en Irlanda– la semilla de un
conflicto inagotable.
Los
norteamericanos tomaron el relevo de los ingleses y no lo abandonaron hasta
hoy. Cuando en 1945 se desmoronó el na-zismo y se abrieron las puertas de los
campos de concentración –las cámaras de gas, los patéticos restos de una
infinita carni-cería–, un sentimiento de horror sacudió a Europa. Los europe-os
tienen una singular capacidad para proyectar los propios demonios a lejanos
escenarios. Muchos franceses creen que las atrocidades de Hitler son distintas
de sus propios crímenes en Indochina y Argelia: ingleses que no han oído de
Kenya se asus-tan de las persecuciones de Stalin, y algunos italianos están
convencidos de que el fascismo nació en la Argentina.
De
acuerdo con este esquema, el exterminio de los judíos iba a ser purgado no en
el lugar donde ocurrió, sino en Medio Orien-te: no por quienes lo ejecutaron o
lo permitieron sino por gente que no tenía nada que ver. El proyecto de un
Estado Judío en Palestina se convirtió así en clamor mundial y los dirigentes
sionistas lo explotaron serenamente. Los 225.000 sobrevivien-tes de los campos
de concentración fueron canalizados a Pales-tina aumentando una población que
ya al fin de la guerra as-cendía al 32 %.
Entretanto
se preparaba la guerra. No se había disipado el humo sobre las ruinas de Berlín
ni se había desenterrado el espanto total de Auschwitz cuando David Ben Gurion,
futura cabeza del Estado de Israel, negociaba en Estados Unidos la compra de
armamento pesado y la reorganización de la Haga-nah por militares
norteamericanos.
Nace una
nación
Una
fulgurante campaña de terror contra los ingleses precipitó el epílogo. En
febrero de 1947 Gran Bretaña anunció que, en esas condiciones, no estaba
dispuesta a seguir gobernando Pa-lestina, y devolvió a las Naciones Unidas el
Mandato que le ha-bía entregado la Liga de las Naciones. La Asamblea de la UN
discutió siete meses el tema y finalmente elaboró una solución salomónica.
Palestina sería dividida en dos Estados: uno judío, otro árabe. En ese momento
había en Palestina 1.200.000 ára-bes y 600.000 judíos. Los palestinos poseían
el 94 % de la tierra y los judíos el 6 %.
El Plan
de Partición de las Naciones Unidas dividió el país en dos. En uno, que se
convertiría en el Estado de Israel, y que abarcaba el 60 % de las mejores
tierras cultivables, había 500.000 judíos y 400.000 palestinos. En el 40 %
restante, que nunca llegó a convertirse en Estado, y que hoy forma parte de
Israel, había 800.000 palestinos y 100.000 judíos. El mapa resultante es un
notable ejercicio de topología en que ambos países aparecen superpuestos, con
pasadizos y corredo-res para comunicar regiones separadas.
Lo que no
dice el mapa es que la mitad de las tierras de propie-dad palestina caían bajo
jurisdicción israelí, y que en millares de casos la aldea árabe quedaba
separada de las tierras que culti-vaban sus habitantes. El 29 de noviembre de
1947, por una mayoría de dos tercios que encabezaban los Estados Unidos y la
Unión Soviética, la Asamblea de la UN aprobó el Plan de Parti-ción y
desencadenó la desgracia del pueblo palestino, el geno-cidio, el éxodo y la
guerra. En la votación los norteamericanos presionaron hasta el límite a los
dóciles gobiernos asiáticos y latinoamericanos. Una empresa yanqui compró a la
vista de todo el mundo el voto de un país africano. El secretario de De-fensa
norteamericano James Forrestal, que no era propenso a escandalizarse, pudo
escribir: “Los métodos que se han usado en la Asamblea General para presionar y
coercionar a otras naciones, bordean el escándalo.”
Así nació
Israel. Pero la historia no terminaba. Al día siguiente de la votación, el
sionismo lanzó todo el peso del terror para despojar a los árabes del
territorio que le había dejado el Plan de Partición.
El terror
sionista y el éxodo palestino. La masacre de Deir Yas-sin sentó un modelo de
escarmiento
“Durante
tres días, del 11 al 13 de diciembre, atacamos en Hai-fa y en Jaffa, en Tireb y
Yazur. Atacamos y volvimos a atacar en Jerusalén… Las bajas enemigas en muertos
y enemigos fueron muy altas.”
De este
modo describe Menajem Begin, el jefe del Irgun, el co-mienzo de la guerra que
durante siete meses sacudió a Palesti-na en 1947-48.
El
objetivo de esos ataques no eran ya los ingleses. El 29 de noviembre las
Naciones Unidas habían votado la partición de Palestina y Gran Bretaña anunció
el 14 de mayo de 1948 que retiraba sus últimas tropas. El blanco de la ofensiva
en que par-ticiparon la Haganah, el Irgun y la Banda Stern era la población
Palestina, desarmada y desorganizada.
En
septiembre de 1946 la Haganah había caracterizado al Irgun y la Banda Stern
como “organizaciones que se ganan la vida mediante el gangsterismo, el
contrabando, el tráfico de drogas en gran escala, el robo a mano armada, el
mercado negro.” Esta suma de dicterios expresaba en realidad diferencias
políti-cas y de método. Mientras la Haganah, brazo armado de la Agencia Judía,
se definía como socialista y buscaba una imagen de respetabilidad, el Irgun
evolucionaba hacia las posiciones fascistas que hoy sostiene el partido Herut,
encabezado por el mismo Begin y la Banda Stern era un grupo de desesperados de
ultraderecha.
A pesar
de las acciones espectaculares del Irgun, Haganah fue siempre la organización
de mayor peso y de ella surgieron los líderes, hasta hoy, del Estado de Israel.
Como jefe militar apa-recía Moshe Sneh. La cabeza real era Ben Gurion –luego
primer ministro– y entre sus dirigentes figuraban Moshe Dayan, hasta hace poco
ministro de Defensa, y el actual primer ministro Its-hak Rabin.
Un comité
anglonorteamericano de investigación sobre la vio-lencia en Palestina describió
en 1946 los efectivos de la Haga-nah: una fuerza territorial de reserva de
40.000 colonos, un ejército de campaña de 16.000, y una fuerza de choque, el
Pal-mach, que oscilaba entre 2.000 y 6.000. El Irgun tenia de 3.000 a 5.000
combatientes; la Banda Stern alrededor de 300. Separadas por ácidas disputas,
estas tres fuerzas confluyeron rápidamente ante el anuncio de la retirada
inglesa, aceptaron la hegemonía de la Haganah y pusieron en práctica el llamado
Plan D, que consistía en aterrorizar a la población árabe en el período de
vacío político comprendido desde el voto de la UN y la retirada inglesa y
limpiar de árabes el Estado Judío y ocupar todo el territorio posible del
Estado Árabe previsto por el Plan de Partición.
Deir
Yassin
Las
primeras operaciones combinadas de las organizaciones sionistas se desataron en
diciembre de 1947 sobre la carretera que unía los dos principales baluartes
judíos: la ciudad costera de Tel Aviv y el barrio judío de Jerusalén. La
carretera estaba flanqueada por aldeas árabes, lo que equivalía al bloqueo de
Jerusalén.
La
primera etapa consistió en operaciones de hostigamiento contra esas aldeas,
duró hasta marzo de 1948 y dejó 1700 muertos. La ofensiva en gran escala
comenzó el 3 de abril cuando el Palmach tomó por asalto la aldea de Qastall,
situada sobre un cerro que dominaba la carretera. Seis días después el Irgun
con el conocimiento de la Haganah, desarrolló una opera-ción que hasta el día
de hoy aparece ante cien millones de ára-bes como el símbolo del horror: el
asalto y la masacre de Deir Yassin.
Deir
Yassin era una pequeña aldea árabe situada cinco kilóme-tros al oeste de
Jerusalén. No tenía importancia estratégica alguna y sus habitantes permanecían
al margen de la conflagra-ción. En la mañana del 9 de abril, 200 efectivos del
Irgun y la Banda Stern entraron a sangre y fuego casa por casa, masa-crando a
254 hombres, mujeres y niños, saquearon, violaron, mutilaron cadáveres y los
arrojaron a una fosa común. “El baño de sangre de Deir Yassin”, admitió después
el escritor judío Arthur Koestler, “fue la peor atrocidad cometida por los
terroristas en toda su carrera.”
Discurso
del método
En su
libro La Rebelión, el autor de la masacre, Menajem Begin, aclaró sus motivos.
Después de Deir Yassin, dice, “un pánico sin límites asaltó a los árabes, que
empezaron a huir en salvaguar-da de sus vidas. Esta fuga en masa se convirtió
en un éxodo enloquecido e incontrolable. De los 800.000 árabes que vivían en el
actual Estado de Israel, sólo quedaron 165.000.”
La
opinión de Begin es confirmada por Koestler:
“La
población árabe fue presa del pánico y escapó de sus pue-blos y aldeas lanzando
el lastimero grito: Deir Yassin. Huyeron de sus casas dejando a medio beber el
último café en el pocillo de porcelana.”
Si los
detalles de la masacre de Deir Yassin merecen un trata-miento aparte cuando se
discuta el rol del terrorismo en las luchas palestinas, sus efectos políticos y
militares se hicieron evidentes enseguida. Tres días después el Palmach tomó
Kolo-nia sin lucha y dinamitó una por una las casas árabes. Cinco aldeas más
fueron destruidas por la fuerza de choque del Haganah antes del 17 de abril con
un saldo de 350 muertos. El 21 de abril, dice Begin, “todas las fuerzas judías
penetraron en Haifa como un cuchillo entra en la manteca. Los árabes escapa-ban
aterrados gritando Deir Yassin.” Haifa era la segunda ciu-dad de Palestina. En
una semana su población se redujo de 60.000 a 9.000.
El 25 de
abril el Irgun atacó Jaffa, la ciudad árabe contigua a Tel Aviv. Al principio
hubo resistencia, pero después se repitió el fenómeno: los árabes escapaban por
decenas de millares. Aquí no fue necesario el ejemplo de Deir Yassin: los
últimos defenso-res de Jaffa fueron fusilados sobre el terreno, los
sobrevivientes expulsados con lo puesto, y las casas dinamitadas una tras otra.
El mismo día la Haganah tomó Acre. Bastó un megáfono y el anuncio de
represalias, para que el éxodo se repitiera. Mientras estos episodios se
repetían en centenares de aldeas y decenas de millares de familias palestinas
ambulaban por los caminos que conducían al Líbano, Siria, Jordania, las tropas
británicas observaron con singular indiferencia, limitándose a impedir que los
incipientes ejércitos de los países árabes viola-ran las fronteras del nuevo
Estado de Israel.
El 14 de
mayo las últimas columnas del ejército inglés desfila-ron al son de las gaitas
por las calles de Jerusalén. En el primer minuto del 15, una exclamación de
júbilo brotó de las posicio-nes conquistadas por los israelíes: era el Día de
la Independen-cia.
Nathan
Chowsi, un judío que emigró a Palestina en 1906, ha calificado ese júbilo: “Los
viejos colonos de Palestina podríamos relatar de qué manera nosotros, los
judíos, expulsamos a los árabes de sus ciudades y sus aldeas… Aquí había un
pueblo que vivió 1300 años en su propia tierra. Vinimos nosotros y conver-timos
a los árabes en trágicos refugiados. Y todavía nos atre-vemos a calumniarlos y
difamarlos, a ensuciar su nombre. En vez de sentirnos profundamente
avergonzados por lo que hici-mos, y tratar de enmendar todo el mal que hemos
cometido, ayudando a esos infelices refugiados, justificamos nuestros ac-tos
terribles, y tratamos inclusive de glorificarlos.”
Producto
de tres guerras y de innumerables persecuciones el pueblo de las tiendas
aguarda su hora
—¿Usted
de dónde es?
—Soy de
Jaffa.
—¿Y dónde
vive?
—Yo vivo
en una carpa. Y usted, ¿de dónde es?
—Soy de
Bulgaria.
—¿Y dónde
vive?
—Vivo en
Jaffa.
(Arlette
Tessier. Diálogo en Gaza)
“Esta es
una transmisión de la Haganah, intimi-dando a los árabes a que abandonen esta
distrito antes de las 5:15 de la madrugada. Tengan pie-dad de sus mujeres y de
sus hijos y salgan de este baño de sangre. Váyanse por el camino de Jericó, que
todavía está abierto. Si se quedan, vendrá el desastre.”
Aún no
había amanecido el 15 de mayo de 1948, Día de la In-dependencia de Israel,
cuando decenas de camiones equipados con altoparlantes transmitían este mensaje
a las poblaciones árabes.
El
desastre que se invocaba no era una amenaza hueca. El re-cuerdo de la masacre
de Deir Yassin se unía en la mente de los palestinos al de decenas de pueblos y
ciudades ocupados a sangre y fuego. El Plan Dalat o Plan D, puesto en ejecución
por el alto mando de la Haganah, al que se plegaron las otras dos
organizaciones terroristas –Irgun y Stern– incluyó trece campa-ñas militares en
regla entre el 1º de abril (Operación Nachshon) y el 14 de mayo (Operaciones
Ben Ami, Pitchfork y Schfilon). Ocho de ellas se desarrollaron fuera de Israel.
El resultado de estas operaciones fue la ocupación de Haifa, Jaffa, Beisan,
Acre, barrio residencial árabe de Jerusalén y otras poblaciones meno-res, así
como la “purificación” de Galilea.
Antes que
Ben Gurion proclamara el Estado de Israel en un mu-seo de Tel Aviv, bajo un
retrato de Teodoro Herzl fundador del sionismo, había ya 400.000 palestinos
fugitivos. Pero en la ma-drugada del 15 las fuerzas israelíes cruzaron
arrolladoramente las fronteras del Estado árabe consagrado por el Plan de
Parti-ción de la UN que, de ese modo, no llegó a existir. Es entonces cuando se
produce, según la historia oficial israelí, pródiga en mitos, la invasión de
cinco poderosos ejércitos árabes contra el indefenso Estado de Israel.
El cowboy
y el pielroja
Después
de la guerra del 48, cada bando hizo su balance mili-tar. Solamente la Haganah,
que en 1946 tenía 65.000 hombres (fuente británica) y en 1948, 90.000 (fuente
israelí), contaba un año antes de la guerra con 10.000 fusiles, 1.900
metralletas, 600 ametralladoras y 768 morteros: en este caso la fuente es
21
Ben
Gurion. En los meses anteriores a la Partición, ese arma-mento se multiplicó
merced a la introducción clandestina de una fábrica capaz de producir 100
metralletas y 50.000 balas por día. Y en vísperas de la guerra, agentes
israelíes contraban-dearon por barco y por avión millares de fusiles y
ametrallado-ras checas.
Fuentes
árabes estiman el total de sus fuerzas en 21.000 hom-bres mal equipados, con
largas líneas de comunicaciones. En Egipto reinaba el corrompido rey Faruk,
cuyo primer ministro Nokrashy no tenía el menor interés en mandar hombres a
Pa-lestina, desafiando a los ingleses que aún ocupaban el Canal de Suez. En
Irak gobernaba un títere de los ingleses, Nuri as Said. Siria acababa de
independizarse de los franceses y su ejército no superaba los 3.000 hombres. El
ejército libanés tenía apenas 1.000 reclutas. La única fuerza militar
atendible, la Legión Ára-be, reunía 4.000 hombres adiestrados y conducidos por
oficia-les ingleses.
El
Foreign Office llegó a un acuerdo con el rey Abdullah, por el que se impidió a
la Legión violar la frontera israelí. (Abdullah pagó después su traición a
manos de un refugiado palestino.)
En estas
condiciones la invasión de los “poderosos ejércitos árabes” en apoyo de sus
hermanos palestinos resultó apenas un gesto desesperado. A pesar de todo, esas
fuerzas consiguie-ron algunos éxitos iniciales, cuyo eje era el bloqueo de
Jeru-salén, pero el 11 de junio aceptaron una tregua que les hizo perder todas
las ventajas conseguidas. En menos de un mes la Haganah terminó de convertirse
en un ejército regular, y cuan-do el 7 de julio se reanudó la lucha, duró
apenas diez días. Aho-ra sí, los árabes estaban vencidos.
El
masacrador de Lydda
En el
contexto de la derrota, cabe el estilo de la victoria. El 11 de julio de 1948,
la población árabe de Lydda, que se había rendido a los israelíes, se sublevó
al advertir la presencia de unos tanques jordanos. El tercer regimiento del
Palmach li-quidó en horas la insurrección, entrando casa por casa y dispa-rando
sobre todo lo que se movía. Según fuente israelí, hubo 250 muertos. Según
fuente árabe, entre 500 y 1.700, de los cuales 150 fusilados en la Gran
Mezquita convertida en prisión. El escritor inglés Erskine Childers dice que
una columna israelí entró en el pueblo disparando en todas direcciones: “los cadá-veres
de hombres, mujeres y niños quedaron desparramados en las calles, tras esta
carga implacablemente brillante.” Y dice quién iba al frente de la columna:
Moshe Dayan, un nombre que haría historia.
Tras la
firma del armisticio, Israel se quedó con 3.500 kilóme-tros cuadrados más de
tierra palestina, Faruk se apropió la fran-ja de Gaza y la monarquía hachemita
anexó la Cisjordania. Pa-lestina había dejado de existir. Casi 900.000
palestinos se amontonaban en los campamentos de refugiados de Jordania, Siria,
Líbano, Gaza, alimentándose con las raciones de socorro de la UN. Una
generación entera nació y creció bajo las carpas. En 1954 eran más de un
millón, en 1956, 1.300.000. Otros 500.000 habían emigrado al Canadá, al Brasil
y a otros países. En 1956 esos desterrados vieron pasar entre columnas de polvo
los tanques israelíes que se lanzaban sobre el Sinaí, mientras los ingleses y
los franceses ocupaban el Canal. Meses después los vieron regresar. En 1967 el
dios de la guerra volvió a tronar en los escuálidos campamentos del Pueblo de
las Tiendas.
La paz
israelí
Fue con
repugnancia que vi por televisión las escenas de Israel en aquellos días; la
ostentación del orgullo y la brutalidad del conquistador; los estallidos del
chauvinismo; y las salvajes celebraciones del inglorioso triunfo, contrastando
con las imágenes del sufrimiento y desola-ción árabe, las caravanas de
refugiados jordanos y los cadáveres de los soldados egipcios muertos de sed en
el desierto. Contemplé las figuras medievales de los rabís y los khassidim
saltando de alegría en el Muro de los La-mentos; y sentí como los fantasmas del
oscurantismo talmúdico –que bien conozco– se amontonaban sobre el país, y cómo
la atmósfera reaccionaria de Israel se volvía densa y sofocante.
Este es
el comentario de un escritor judío, Isaac Deutscher, a la fulgurante campaña de
los Seis Días que, en junio de 1967, arrojó al ejército egipcio al otro lado
del Canal de Suez. Sus glo-rias han sido suficientemente cantadas. Entre ellas
no figura probablemente la expulsión de 250.000 palestinos que aún quedaban en
Cisjordania y Gaza.
En el
vacío que dejó el largo éxodo palestino, se estableció la Paz Israelí. El
profesor de matemáticas italiano le sacó la casa al tendero árabe. El lingüista
inglés construyó la suya sobre un espacio demolido. El pintor apátrida del
Quartier Latin se rodeó de un ambiente oriental. El ingeniero agrónomo
argentino se fue al kibutz donde ya no quedaba ni memoria del fellah que
durante trece siglos le preparó la tierra: como si no hubiera tierra en la
Argentina.
En la
resistencia armada el pueblo palestino encontró al fin su identidad negada por
la ocupación
“Yo soy
de Djebelia, en la franja de Gaza. Allí éramos 16.000 concentrados. Nos
quitaron las casas, destruyeron los campos y se repartieron todo. Quieren que
todo cambie de aspecto, que nada sea árabe. A la gente más vieja, la que se fue
en 1948, no la dejan volver para que no puedan reconocer los lugares. Nos
24
incitan a
irnos, nos ofrecen dinero para que nos vayamos a paí-ses más ricos. ¡Vayan a
Canadá, a Argentina, allá van a estar bien! Tal vez ellos han venido de allá,
¿no?
Djebelia
tenía fama de brava. A los que éramos de Djebelia no nos daban trabajo, decían
que éramos peligrosos. Un día, en 1969, nos bombardearon. Empezaron a las 10 de
la mañana y nos cañonearon hasta las 5 de la tarde. Hubo 500 muertos. ¿Por qué?
Porque somos palestinos. De noche rodean el cam-pamento con tanques, no nos
dejan salir. Y sin embargo, tienen miedo: yo aprendí el israelí y los oigo
conversar. Cuando pasan en un jeep, van sentados alrededor del jeep, apuntando
en dis-tintas direcciones.”
El
muchacho se ríe. Estamos en el campamento de Borje Ba-rashne, al sur de Beirut,
capital de Líbano, a cuya Universidad ha venido a estudiar. Hay 20.000
refugiados en este campa-mento que es en realidad un pueblo, una villa cuya
copia casi exacta son algunas manzanas de la villa de Retiro: pequeñas casas de
bloques con techos de chapa, pasillos de material con la canaleta por donde
circula el agua, canillas colectivas. E igual que nuestro villero, el palestino
pone una planta, aunque sea una maceta, en el mínimo espacio libre: recuerdo
del campo al que uno y otro pertenecen.
Después
las diferencias. No hay calles, solamente pasillos, por-que en Medio Oriente el
espacio es distinto que en Argentina: Líbano cabe dos veces en la provincia de
Tucumán. Pero otra diferencia que al principio casi no se nota, va penetrando
como la verdad esencial del campamento. Son los hombres vestidos de caqui que
sentados en alturas estratégicas vigilan con el fusil AK cruzado sobre las
rodillas, es el jefe de la milicia local que sale a recibirnos, es la puerta de
madera de una casa donde el refugiado que la habita ha pintado todo a lo alto
la bandera roja, verde, blanca y negra de la Resistencia palestina, y aden-tro
de la bandera su nombre en árabe. Administrativamente, el campamento depende de
la UN. Políticamente, la palabra es Fatah.
La luz de
la esperanza
En una
oficina de Beirut, Abu Hatem, miembro del Comité Cen-tral de Fatah (sigla de
Movimiento Nacional de Liberación Pa-lestina) enumeró ante el enviado de
Noticias las etapas de la Resistencia.
La
primera etapa, antes de 1965, fue de preparación y organi-zación. Llegamos a la
conclusión de que la lucha armada era la única salida para el pueblo palestino,
y desde ese año empeza-mos a ponerla en práctica. Fue una época llena de
dificultades: teníamos tantos enemigos… No eran sólo los israelíes, sino
también el imperialismo y los elementos reaccionarios en los países árabes.
Nuestro primer mártir, Ahmed Muza, fue abatido por el ejército jordano al
cruzar la frontera con Israel. Nuestras operaciones militares fueron una de las
razones que alegaron los israelíes para desencadenar la guerra de 1967. Pero
allí los países árabes fueron derrotados y se instaló un clima de derrota. Era
importante acabar con ese clima, y por eso, apenas terminada la guerra,
nosotros reanudamos las hos-tilidades. Eso fue el 28 de agosto de 1967.
En cuatro
meses, lanzamos 79 operaciones en el interior de Palestina, pusimos fuera de
combate a más de 300 sionistas, volamos dos trenes militares, derribamos tres
helicópteros, destruimos medio centenar de vehículos, hicimos estallar el
depósito de explosivos de Acre y bombardeamos con bazukas los suburbios de
Jerusalén y Tel Aviv. El precio fue duro: perdi-mos 46 hombres, de los cuales
la mitad eran cuadros de con-ducción. Pero en todo el mundo árabe esa actividad
de Fatah fue percibida como una luz de esperanza, que se agrandó el 21 de marzo
de 1968, cuando dimos la batalla de Al Karameh.
El signo
de Karameh
Si Deir
Yassin es para los palestinos el recuerdo que sobrecoge y enfurece, Al Karameh
simboliza la recuperación de la propia identidad negada tras la derrota, la
confiscación, la persecu-ción, el exilio. Dice un combatiente:
En esa
época, nuestro problema era obtener bases permanen-tes. En la guerra de junio
habíamos perdido las bases de Gaza y Cisjordania. Entonces empezamos a
filtrarnos en Jordania, por separado, de a uno o de a dos. Así se formó la base
de Al Kara-meh, en el campamento de ese nombre que existía desde 1948. Juntamos
500 combatientes en la zona. De allí lanzamos una escalada operativa.
El
gobierno de Jordania quería echarnos, pero no se atrevía. Los israelíes
empezaron a fastidiarse. Al fin planearon una opera-ción de represalia en gran
escala, para aplastarnos. Concentra-ron 15.000 soldados, con tanques. Pero
estaban tan orgullosos de la victoria de junio, tan seguros de que nadie podía
oponer-les resistencia, que no tomaron medidas de seguridad. Noso-tros nos
enteramos 48 horas antes de la operación. Llamamos a todas las organizaciones
palestinas para que discutiéramos si debíamos enfrentar el ataque o retirarnos.
Algunos dijeron que los principios de la guerrilla prohibían el choque frontal,
que si el enemigo ataca en fuerza, nosotros nos retiramos, todas esas cosas.
Fatah
sostuvo que todo eso era cierto, pero que aquí lo funda-mental era el marco
político: la derrota árabe, el pueblo deses-perado. Fatah decidió dar la
batalla, a todo o nada. Sólo nos acompañó una pequeña organización, el Ejército
de Liberación Palestino.
Con ellos
distribuimos los 500 puestos de combate. No era una emboscada, Al Karameh era
terreno llano, con una población, una villa de emergencia. Había que pelear
como se pudiera.
Durante
toda la noche cavamos pozos, nos enterramos, y espe-ramos el amanecer.
La picadura y el burro
A las 5
de la mañana empezaron la preparación de artillería, después avanzaron los
tanques. Venían como para desfile. Tra-ían periodistas y Dayan les dijo que
iban a almorzar en Amán, la capital de Jordania.
Cuando
les paramos un tanque con un bazukazo, y después otro, se quedaron como
sorprendidos. No esperaban eso. Re-trocedieron, después volvieron a avanzar.
Ahora venían con aviones y helicópteros además de los tanques. Les resistimos
trinchera por trinchera, les resistimos hasta el mediodía. Y en esas siete
horas interminables, detrás nuestro estaba el ejército jordano, inmóvil. Los
oficiales miraban la batalla con sus prismáticos. El rey Hussein había ordenado
no intervenir, y los oficiales miraban: oficiales árabes. No se sabe quién dio
el grito, quién no aguantó más. Y de pronto el ejército jordano avanzaba,
desobedeciendo órdenes, se juntaba con nosotros. Eso fue a mediodía. A las ocho
de la noche la división israelí empezó a retirarse. No podíamos creerlo, era la
primera vez que sucedía, la primera vez en la historia. Y cuando avanzamos
vimos el daño que les habíamos hecho: los tanques destruidos, los equipos
abandonados.
Al día
siguiente Hussein se hizo fotografiar en un tanque captu-rado. A Dayan le
preguntaron para cuando era el almuerzo en Amán, y él contestó que sólo el
burro no cambia de opinión. A Levy Eshkol le preguntaron qué había sucedido, y
él dijo que el que busca miel, debe esperar algunas picaduras.
Aquella
picadura la hicimos nosotros, y nos costó. Nos costó 90 muertos, que son muchos
cuando sólo teníamos 500 hombres. Pero Al Karameh cambió todo, fue un viraje
decisivo. Les demostró a todos los árabes que ellos podían derrotar al ejército
israelí.
Para
nosotros, el resultado fue tremendo. Hasta entonces, Al Fatah era una
organización estrictamente secreta, un puñado de hombres. La batalla de Al
Karameh demostró a las masas que éramos sinceros, que podíamos convertirnos en
el cuchillo y en la víctima como dice uno de nuestros documentos, “entrar en la
batalla para crearlo todo de la nada”, que los palestinos podíamos cerrar el
puño sobre la brasa ardiente, como dice nuestro hermano Abu Ammar (Arafat).
Después
de la batalla de Al Karameh millares de palestinos acu-dieron a incorporarse a
Al Fatah, que aún no estaba preparado para recibirlos, aunque tuvo que abrir
las puertas. Otras organi-zaciones se enriquecieron con ese flujo. Un año
después la Re-sistencia palestina se paseaba libremente por Siria, tenía una
estación de radio en El Cairo, dominaba prácticamente en Líba-no Jordania.
Sobre ese
transitorio triunfo iba a abatirse la traición del rey Hussein. La esperanza
palestina ardería en las calles de Amán, en las montañas de Jordania, antes de
renacer poco a poco como una llama que no está destinada a apagarse.
“El
sionismo no es sólo el enemigo de los árabes, es el enemi-go de toda la
humanidad” (Fatah)
En la
oficina de Fatah en Beirut, Abu Hatem, miembro del Co-mité Central de la
Organización, refirió a Noticias las etapas posteriores a la batalla de
Karameh, que en 1968 demostró por primera vez que una fuerza árabe podía
enfrentar al ejército israelí.
En
Karameh, la Revolución Palestina creó las circunstancias de su propio
crecimiento. Todo el mundo árabe se acercó a noso-tros. Inversamente nuestros
enemigos redoblaron sus esfuerzos para destruirnos. Los israelíes atacaron
nuestras bases y nuestros campamentos, y los gobiernos árabes reaccionarios
también. Esas tentativas culminaron en Jordania, en setiembre de 1970. El
ejército de Hussein atacó nuestras bases y nuestros pueblos, con tanques y
aviones. No consiguió aplastarnos pero mató a muchos miles de compañeros. La
masacre se reanudó en julio de 1971. Tuvimos que salir de Jordania. Con la
pérdida de nuestras bases jordanas, empieza la cuarta etapa de nues-tras
luchas. Al principio nuestra actividad disminuyó. Tuvimos que adoptar una nueva
política, concentrar la fuerza de Fatah en los propios territorios ocupados. El
resultado se vio después de un año, con el aumento de las operaciones. También
au-mentamos la acción política, la duplicamos. El resultado es que actualmente
la opinión pública mundial empieza a comprender que no hay acuerdo estable en
Medio Oriente sin el pueblo palestino, que no hay paz sin Revolución
Palestina.Actualmente la totalidad de los países africanos, con excepción por
supuesto de los residuos coloniales, reconocen a la OLP como el único
representante legítimo del pueblo palestino.
En la
Conferencia de Países no Alineados de Argel, el año pasa-do, 72 estados
reconocieron a la OLP. O sea que las relaciones de la Revolución Palestina con
el resto del mundo crecen día a día, y particularmente con el bloque socialista
encabezado por la Unión Soviética. Por supuesto que no nos quedamos en eso. En
la última guerra, la de Octubre, todo el mundo sabe –y prin-cipalmente los
israelíes– que no hubo dos frentes, sino tres: el egipcio, el sirio y el
palestino.
OLP y CNP
Fatah es
la fuerza hegemónica de la guerrilla palestina. Su líder Abu Ammar (Arafat)
preside la OLP y, desde comienzos de junio de 1974, el Consejo Nacional
Palestino. Pero no es la única organización de la Resistencia. En la OLP
figuran, además de Fa-tah, el Frente Popular dirigido por Habache, el Frente
Democrá-tico de Hawathme (escisión del FP) y Saika, organización adies-trada
por los sirios.
Después
de Fatah, Saika es probablemente la de mayor capaci-dad militar, y el FD, que
se define como marxista-leninista, la de mayor capacidad política, mientras que
la estrella de Habache, inclinado al ultraizquierdismo, parece declinar.
Fuera de
la OLP se encuentra todavía el Comando General, escindido del FP y dirigido por
Ahmad Jibril, que saltó a la noto-riedad a comienzos de este año con la
operación de Kyriat Shmonet.
El
Consejo Nacional Palestino, CNP, la organización más amplia de la Revolución,
incluye no sólo a las organizaciones guerrille-ras, sino a los frentes de
masas, delegados de territorios ocu-pados y de la emigración y de grupos
financieros y religiosos.
A los
dirigentes de Fatah no les gustan las fotografías ni las au-tobiografías.
Trazar su historia no es fácil. Un documento de la Organización, fechado en
1969, admite que sus creadores fue-ron un grupo de intelectuales que publicaban
la revista Nuestra Palestina, antes de optar por la lucha armada. En ese punto
su primera preocupación fue financiar la futura Organización, sin pedir ayuda a
los gobiernos árabes, y el camino que eligieron fue heterodoxo:
Ya no es
un secreto que buscamos empleo o desarrollamos actividades comerciales en las
regiones árabes ricas en petró-leo, como el Golfo. Al principio esto creó una
atmósfera parti-cular alrededor de Fatah, pero eso no nos desalentó… porque
nosotros sabíamos que nos privábamos hasta de lo esencial para ahorrar el
máximo de nuestros ingresos y destinarlo al movimiento.
¿Quiénes
eran?
Los
nombres de guerra de alguno de ellos –Abu Ammar, Abu Iyad, Abu Ihad– son
conocidos, pero salvo el primero (Arafat), poco se sabe de los demás. Los tres
pertenecen sin embargo al grupo que fue al Golfo a trabajar. Cuando en 1965
decidieron lanzar la guerra, volvieron a suelo palestino. Abu Ammar operó allí,
en Cisjordania, viviendo como un pastor a medias ciego, de gruesos anteojos
negros. Su designación como vocero de Fatah fue una decisión en la que no
participó.
Necesitábamos
un hombre que pudiera hablar en nombre de Fatah. La prensa israelí había
empezado a concentrarse en el nombre de Abu Ammar, porque era uno de los
líderes en terri-torio ocupado, y un combatiente de primera fila… La dirección
se reunió y lo designó vocero. Era el único miembro de direc-ción que no estaba
presente. La decisión se anunció y él tuvo que cumplir con la decisión.
Habla
Fatah
A pesar
del origen de sus fundadores, Fatah puso siempre el acento en la lucha de
masas, además de la acción armada:
Si
abordáramos solamente la lucha armada, estaríamos conde-nados al fracaso,
porque en términos militares partimos de una situación de inferioridad. Pero si
abordáramos solamente la lucha política, también estaríamos perdidos, porque
tarde o temprano nos chocaríamos con la realidad de que el enemigo nos domina
por la fuerza. La lucha armada es indisoluble de la lucha política, y el
descuido de una o de otra equivale a conver-tir la guerra revolucionaria en una
aventura. En consecuencia, nosotros no diferenciamos entre acción política y
acción militar, ni mandamos a combatir a nadie que no haya pasado por la
organización política.
¿Cuál es
el objetivo último de Fatah? Sus dirigentes lo vienen repitiendo desde hace
años: la creación de un estado no reli-gioso en Palestina. ¿Cuál sería la
situación de los judíos en ese Estado?
“Fatah no
toma las armas contra los judíos. Aceptamos a los judíos como ciudadanos
palestinos en absoluto pie de igualdad con los árabes. Fatah toma las armas
contra el sionismo y se propone liquidarlo, porque el sionismo es el enemigo
fascista y racista, el enemigo de toda la humanidad y no solamente de los
árabes.”
Preguntó
un periodista:
“¿Qué
harían ustedes frente a un judío perseguido en cualquier lugar del mundo?”
Contestó
Fatah: “Le daríamos un fusil y pelearíamos a su lado”
El
bombardeo de aldeas libanesas desnuda la esencia de un terrorismo que se llama
represalia
Otra vez
los rockets de los Phantom se han abatido sobre las aldeas del Líbano, un país
pequeño que no tiene ejército ni aviación y cuyo pecado es dar refugio a
300.000 palestinos, una décima parte de los expulsados de su patria por los
israelíes.
Nuevamente
los campamentos de refugiados son descriptos como bases guerrilleras. Visité
uno de esos campamentos, el de Nabatiyeh, al día siguiente de su casi total
destrucción por los aviones israelíes, el 16 de mayo de este año. Vi las
pequeñas casas arrasadas como por una enorme topadora, los utensilios de cocina
desparramados, ropa de mujer colgando de los árbo-les calcinados. Eso no era
una base. Esto no significa que en Líbano, en Siria, en cualquier país árabe,
no existan bases de fedaín. Existen pero ni están a la vista, ni albergan una
pobla-ción civil de millares de almas, ni están indefensas, ni son
bom-bardeadas.
Desde
hace 25 años Israel vive anticipando ataques, en perpe-tuo estado de
represalia. Una propaganda que empieza a vol-verse torpe describe cada acción
de sus fuerzas como respuesta a un acto de terrorismo. En cada oportunidad se
resucita la historia de ese terrorismo, se invoca Maalot, Kyriat Shmoné, Lod,
Munich. Entre esos actos y los campos nazis de concentra-ción se establece una
continuidad, se retrocede a los pogroms zaristas, a la intemporal persecución
del judío.
En este
proceso se ha perdido de vista toda la verdad: el pales-tino despojado de su
patria se ha convertido en agresor, la víctima en verdugo. Se discute sobre los
métodos. ¿Por qué los palestinos atacan escuelas? He visto la escuela de
Nabatiyeh, nivelada con la roca. ¿Por qué los palestinos tiran granadas en un
mercado? En Ain el Hue, la semana pasada, no quedó siquie-ra el mercado, bajo
las bombas israelíes de 250 kilos.
La
discusión sobre los métodos es una de las formas de eludir la discusión sobre
el fondo, reemplazar el porqué por el cómo. Pero aún esa discusión secundaria
no debe ser rehuida.
¿De quién
es el terror?
Hablemos
de Maalot, por ejemplo. Las cosas en Maalot no em-pezaron el 15 de mayo de
1974, con la matanza de 22 estudian-tes israelíes. Empezaron el 15 de mayo de
1948, con el Estado de Israel. Porque Maalot no se llamaba Maalot, sino
Tarchiha, y no era un pueblo judío sino una aldea árabe. ¿Dónde está Tar-chiha?
Arrasada, borrada del mapa.
Volvamos
a Deir Yassin, otra aldea árabe hoy enterrada bajo Kfar Shaul, un suburbio de
Jerusalén. 9 de abril de 1948. Fuer-zas de la Haganah y del Irgun atacan la
aldea, matan a 254 habi-tantes, descuartizan los cadáveres y los tiran a un
pozo. Escuchemos el testimonio del coronel Meir Bail del ejército israelí, que
tardó 24 años en hablar:
34
Los
soldados peinaron las casas, tirando explosivos en su inter-ior y usando todas
las armas que tenían. Disparaban indiscrimi-nadamente sobre todo lo que había
adentro, incluso mujeres y niños. Sus oficiales no movieron un dedo para
impedir las atro-cidades que se estaban cometiendo. Junto con otros residentes
de Jerusalén, imploré que se ordenara a los soldados detener el fuego.
Fue
inútil. 25 hombres fueron subidos a un camión, paseados por Jerusalén en
desfile de la victoria, llevados a una cantera y fusilados a sangre fría.
Retrocedemos
al 30 de enero de 1948. La aldea se llamaba Sheikh. El método fue el mismo. Los
muertos, 60.
Sa´sa. 14
de febrero de 1948. 20 casas dinamitadas con sus habitantes adentro. 60
muertos.
Recordemos
a Lydda. 11 de julio de 1948. La Haganah reprime un alzamiento popular: 250
muertos según fuente israelí, entre 500 y 1700 según fuentes árabes.
14 de
octubre de 1953. Bombardeo de aldeas jordanas, 75 muertos.
En Qibya
se encierra a los vecinos en sus casas con fuego de ametralladoras, luego se
las dinamita.
Franja de
Gaza. 8 de febrero de 1955. 38 muertos.
31 de
agosto de 1955. Ataque a Khan Yunis en la Franja de Ga-za, 46 muertos.
11 de
diciembre de 1955. Ataque a aldeas sirias. 50 muertos.
Otra vez
Khan Yunis, abril de 1956. 275 muertos.
10 de
octubre de 1956. Ataque a aldeas jordanas. 48 muertos.
Octubre
de 1956. Kafr Qasim. 51 aldeanos son asesinados por estar fuera de su casa en
un toque de queda del que no fueron avisados.
13 de
noviembre de 1966. Ataque a las aldeas de Gaza y Jorda-nia. 200 muertos.
Noviembre
de 1967. Karameh, Jordania. Ataque con morteros a niños que salían de una
escuela.
La lista
es interminable. Entre 1949 y 1964 los países árabes denunciaron 63000 actos de
agresión, entre 1950 y 1966 las Naciones Unidas y la Comisión de Armisticio
condenaron 78 veces al Estado de Israel. Después ya nadie llevó la cuenta, la
“represalia” se convirtió en costumbre.
Vuelta al
origen
Si en el
balance del terror en Medio Oriente, Israel lleva una ventaja sobre todos sus
adversarios, si el Estado mismo de Isra-el fue la obra de organizaciones
terroristas, si esas organizacio-nes inventaron o reactualizaron la mayoría de
los modernos métodos del terror –recordar el asesinato de conde Bernadot-te, la
voladura del hotel Rey David, la ejecución de rehenes in-gleses, las cartas
explosivas– en eso no se agota la discusión sobre los métodos.
Para
restituir el cuadro disociado, es preciso volver a relacionar los métodos con
los objetivos. El terror es un método de lucha que han usado todas las
revoluciones y también todas las reac-ciones. Hechas las reverencias de
práctica a la actitud que pre-fiere condenarlo en sí mismo (como si algo
existiera en sí mis-mo), su humanidad o su inhumanidad depende de sus fines.
Nuestra
Revolución de Mayo fue terrorista. El general Arambu-ru también. Con estas
precisiones es posible reenfocar el terror en Medio Oriente, superar las
barreras de una propaganda que –casualmente– es la del imperialismo occidental,
y decidir quién tiene la parte de razón que las circunstancias le permiten
tener.
El
objetivo del terrorismo palestino es recuperar la patria de que fueron
despojados los palestinos. En la más discutible de sus operaciones, queda ese
resto de legitimidad. El terrorismo israelí se propuso dominar un pueblo,
condenarlo a la miseria y al exilio. En la más razonable de sus represalias,
aparece ese pecado original. ■
Rodolfo
Walsh
Periodista,
Buenos
Aires, 1974.
Fuente:
Diario Noticias
www.omegalfa.es
